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Miami: ¿Latinidad universalizada
o una copia de la exclusión?

Por: GEORGE YÚDICE
Publicada en REVISTA TODAVÍA Nº 17. Agosto de 2007


Pese a la imagen de latinidad y prosperidad que transmiten al mundo la televisión y la industria musical, en Miami se agudizan la segregación y el conflicto etnorracial. Las transformaciones en el espacio urbano reflejan esa dualidad.

La mayoría de los lectores de esta revista tendrá la imagen de una Miami rica, el emporio de las Américas, donde a pesar de las crisis económicas de años recientes, las clases pudientes se van un fin de semana de compras. Esa “Hong Kong de las Américas” es también la “Hollywood Latina”, “puerta de entrada a Latinoamérica”, “el crisol de razas” que promete ser el futuro de Estados Unidos, y acaso a través de las imágenes televisivas y musicales también pretende ser el futuro de la región. En cierto sentido, ya lo es, o mejor dicho, repite a América Latina, pues casi dos terceras partes de los habitantes de la ciudad son latinos y más de la mitad emigraron desde el Sur.

Desde 1960, con la primera oleada de exiliados cubanos, hasta 1990, este complejo mancomunado de 30 condados duplicó su población, y desde entonces hasta 2005, cuando alcanzó 2,4 millones de habitantes, creció otro 22 por ciento. En ese lapso, un pueblo insignificante, conocido como residencia de los jubilados neoyorquinos que huían del frío norteño, se transformó en una ciudad mundial de escala mediana, como Barcelona, Berlín, Montreal, Shanghai y Buenos Aires. Según los expertos, estas ciudades se caracterizan por ser centro de mando y control de negocios y concentrar una masa crítica de sedes de bancos, empresas transnacionales y de servicios avanzados en derecho, publicidad, contaduría y telecomunicaciones.

De hecho, hoy en día Miami figura entre los cinco centros más importantes en este último sector y controla las proporciones más altas de comercio entre Estados Unidos y América Latina: 60 por ciento con América Central, 46 por ciento con el Caribe, y 26 por ciento con Sudamérica. Esta actividad la convierte en la tercera economía urbana de la región (según un informe de la consultora PriceWaterhouseCoopers), después de México y São Paulo, y la iguala a Buenos Aires, a pesar de tener una población entre diez y seis veces más pequeña que esas ciudades.

Esta imagen de una Miami próspera se proyecta en el sector cultural, sobre todo el de la música, la televisión y las artes, que se dirige a los mercados latinoamericanos y al latino estadounidense (el más grande para las industrias culturales en lengua castellana). Todo el mundo conoce “El Show de Cristina”, “Sábado Gigante” y “Laura en América”, que se regionalizó desde su base en Lima cuando la red televisiva miamense Telemundo empezó a transmitirlo. Más aún, Miami es el mayor centro de producción musical en español.

Hacia comienzos de los noventa, los principales conglomerados multinacionales musicales –Sony, Warner, EMI, Universal– establecieron sus oficinas allí, y estimularon la renovación de los estudios de sonido ya existentes y la construcción de otros como los Crescent Moon Studios de Emilio y Gloria Estefan –la Meca para muchos cantantes españoles y latinoamericanos, desde Julio y Enrique Iglesias, Luis Miguel, Ricky Martin, Shakira y, desde luego, la pléyade de cantantes y músicos cubanos que incluye a Israel “Cachao” López, Arsenio “Chocolate” Rodríguez y Albita–. Así, además de sus playas y sus malls, la vida musical es otro atractivo para los latinoamericanos, no solo turistas sino también para muchos arregladores, productores e ingenieros de sonido que se han mudado a Miami.

Pero decir que Miami repite Latinoamérica también significa que no solo llegan los ricos (por ejemplo, cada vez que hay una revolución o reforma social, como la última que ha venezolanizado a la ciudad), sino también los pobres. Y de hecho, Miami es la ciudad con mayor pobreza en Estados Unidos, con un coeficiente de desigualdad más alto que Buenos Aires.

El 18 por ciento de los hogares –sobre todo de afroamericanos, haitianos e inmigrantes latinoamericanos con baja escolaridad– vive por debajo de la línea de pobreza (15.000 dólares anuales), y otro 27 por ciento apenas gana lo suficiente para pagar el alquiler y la canasta básica. Con una tasa de pobreza un 33 por ciento más alta que el promedio estadounidense, Miami reproduce la estructura dual de las grandes ciudades latinoamericanas. Y no es de extrañar, pues por una parte llegan los ricos que buscan salvaguardar su patrimonio, y por otra los centenares de millones de obreros que construyen y limpian los edificios en que viven y trabajan los otros.

Esa dualidad tiene una gran repercusión en dos dimensiones: el espacio urbano y la “racialización” de la población. Por una parte, las clases pudientes, entre las cuales se encuentran numerosos ejecutivos y artistas latinoamericanos, viven en comunidades amuralladas o naturalmente inaccesibles, como los cayos, donde las casas más humildes cuestan más de un millón de dólares. Las clases medias también viven en comunidades protegidas y el crecimiento de la ciudad lleva a las constructoras a invadir barrios más pobres para expandir el stock de viviendas de buena calidad.

Desde los años ochenta, una ley estableció la actual “frontera de desarrollo”, pero los agricultores que poseen propiedades fuera de ese círculo, así como los constructores, están a punto de ganar la campaña para revocar esa ley. Por otra parte, en el Cayo Virginia, históricamente concedido a los afroamericanos durante el período de la lucha por los derechos civiles porque se les prohibía acudir a otras playas, ya se están construyendo nuevas viviendas.

A su vez, el sector “creativo”, siguiendo la lógica analizada por el especialista en economía urbana Richard Florida, se está instalando en barrios marginales o post-industriales, que así ascienden socialmente. El Design District es ahora enclave para la moda, el modelaje, el cine independiente y servicios de posproducción. Los desplazados, entonces, tienen que irse a vivir a una hora o más de la ciudad para volver cada mañana solo a prestar servicios de baja remuneración y poco reconocidos. Debido a esta transformación urbana, el costo de la vivienda en los barrios donde se habían instalado hace años –Overtown, Wynwood, Little Haiti, Liberty City, Allapattah y East Little Havana– es casi el doble de lo que pueden pagar.

El Plan de Revitalización del centro buscó articular esas partes que cobraron valor urbanístico, con corredores como la Promenade, una zona de restaurantes y discotecas que operan las 24 horas y donde la gente puede trabajar, residir y encontrar entretenimiento, “un lugar que celebra la diversidad de la cultura popular y musical de Miami”, según el texto del Plan.

Así, se reproduce el modelo de la ciudad creativa que, a partir del arte, el diseño, los restaurantes, las boutiques, etc., “recupera” zonas “deterioradas”, antes percibidas como vacías. Refiriéndose a estas “nuevas ciudades”, el sociólogo Manuel Castells observa que “junto a la innovación tecnológica se ha desarrollado rápidamente una extraordinaria actividad urbana [...] fortaleciendo el tejido social de bares, restaurantes, encuentros casuales en la calle, etc., que dan vida a un lugar”.

Por ejemplo, en el Distrito de Entretenimiento de la Segunda Avenida, donde antes había viviendas y negocios humildes, ahora hay una plaza rodeada de restaurantes de alta cocina y clubes de jazz. Desde luego, son los desplazados quienes tienen que cocinar, limpiar, y hasta tocar la música en esta fiesta urbana que da vida a unos y bajos ingresos a otros (imagen 1). Esta recomposición del espacio urbano tiene repercusiones etnorraciales y clasistas, pues los que disfrutan de la oferta que “da vida” son blancos (latinos o no) de clase media y alta, y los otros, los afroamericanos, haitianos y latinoamericanos de extracción social baja, solo ocupan esos espacios para prestar servicios.

La cultura latinoamericana, empaquetada como “sabor latino”, juega un papel importante en esta reconfiguración, pues dota al lugar de sonidos, olores, colores, sabores y texturas codiciados por los turistas. En la Promenade se pueden ver las imágenes publicitarias de artistas latinos que decoran los edificios; no aparece ni un afroamericano (imagen 2).
Los planes de revitalización parecen seguir el patrón de la telenovela, el más popular de los géneros latinoamericanos, que hasta hace poco solo se producía en México, Venezuela, Argentina y Brasil, y que ahora prolifera en Miami. En ella, por una parte, se escenifica la vida de las familias pudientes o de clase media; por otra, se busca construir una latinidad “universal”, que trascienda las marcas particulares de la nacionalidad, sobre todo los acentos.

La industria cultural miamense requiere de esa noción para penetrar los mercados latinoamericanos y latinos, y Miami es la única ciudad en el hemisferio que ofrece los insumos culturales para semejante empeño. Lo mismo puede decirse de la producción musical. El estudio de los Estefan es una fábrica de intermediación entre lo latinoamericano y lo latino estadounidense, con el objetivo de producir crossovers que puedan lanzarse globalmente, como Ricky Martin y Shakira. Miami es, pues, el asiento de una forma particular de hibridación cultural, entre norte y sur, latinos y latinoamericanos. La procesión de estas celebridades de la hibridación se ve en talk shows como “El Show de Cristina”, donde la animadora, Cristina Saralegui, traduce el spanglish de algunos invitados para los telespectadores latinoamericanos, lo que contribuye a la proyección de latinidad generalizada. También lo hace Laura Bozzo, si bien desde abajo, en su carnaval de desgracias, privaciones, lágrimas, puños y mal gusto. En ese programa se encuentra el mundo rutinario de los que no aparecen en las telenovelas o en las baladas pop. Allí aparecen los protagonistas de ese mundo –lejos, en Lima–, pero ni huella de su trabajo: poner y quitar la vajilla de las mesas, empacar cajas, bañar ancianos, cuidar bebés, entregar comidas a domicilio, barrer pisos, etc.

Lo que se representa en los medios no es el trabajo, sino un discurso entusiasta del mestizaje, que además se reproduce en el sampleo o mezcla musical que predomina en la industria fonográfica, y en los clubes, donde el baile es justamente el lugar de encuentro de los cuerpos. Como dice un observador, “la mezcla cultural reúne a razas, diversas orientaciones sexuales, idiomas y salarios”.

Si bien estas fusiones musicales, televisivas y corpóreas reflejan el dinamismo de los clubes de baile, donde se reúne una diversidad de grupos, también hay mucho conflicto etnorracial en torno al acceso al trabajo y a las políticas de inmigración. Es verdad que el caldo de base de la cultura latina y su uso y proyección en la industria del entretenimiento tienden a dar más oportunidades a los inmigrantes iberoamericanos que a los haitianos, y que los latinoamericanos aprovechan redes de solidaridad cerradas a los afroamericanos.

De los balseros cubanos y haitianos que alcanzan tierra firme, solo los primeros pueden permanecer; los haitianos son deportados, por ley. El multiculturalismo que se escenifica no es el de los pobres y las clases trabajadoras, sino el de los profesionales y clases medias que pueden disfrutar de la mejora social y urbanística.

Se ha dicho que Miami es una ciudad atípica porque ha adoptado el discurso del mestizaje característico de los países latinoamericanos. Pero ese mestizaje más inclusivo (confeccionado a partir de indígenas y afrodescendientes) se modifica al entrar en contacto con el multiculturalismo estadounidense, que no ha logrado superar el melting pot o crisol de razas que excluye a los afroamericanos. Se advierte, pues, un aumento del racismo latinoamericano.

Un reportero del New York Times de hace unos años acompañó a dos amigos, uno blanco y otro negro, emigrados de Cuba que fueron acogidos diferencialmente por las comunidades de latino-latinoamericanos. El informe confirma que el racismo es aun peor en Miami que en América Latina, y que las declaraciones de que el color de la piel no importa son desmentidas allí. Un mapa racial de la ciudad muestra esa división, así como la ocupación y revalorización de barrios pobres y la transformación racial del espacio urbano. Podría pensarse que las luchas laborales unirían a los diversos grupos etnorraciales, pero otro factor –el estatus migratorio– interviene y obliga a los migrantes indocumentados a trabajar por mucho menos que los ciudadanos y los naturalizados –de hecho, por debajo del salario mínimo–, lo cual reproduce la pobreza y la segregación racial.

Y el 90 por ciento de quienes no acatan las huelgas son latinoamericanos, lo cual reduce la oferta de trabajo para los afroamericanos y haitianos, polarizando aun más la situación racial. Si bien hay algunas tentativas para revertir esta desarticulación, la atracción que ejerce Miami en ricos y en pobres nutre la segregación, a la vez que las oportunidades de crecimiento económico agudizan las divisiones. Éstas se constatan en el trabajo y en el espacio urbano, contradiciendo las bonitas imágenes de latinidad y transculturación universal. •