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Seres extraordinarios
más allá de la devoción y de los fans

Por:© ELOÍSA MARTÍN

Tomado de Revista TODAVÍA Nº 20. Diciembre de 2008

Mario se tatuó el rostro de Maradona en el hombro, y Roberto tiene a su ídolo, de cuerpo entero, saltando en su espalda. Lucía colecciona fotos y recortes de Madonna en una enorme carpeta. Fernando personifica a Roberto Carlos y hasta grabó un CD con su música, mientras que en todo el mundo se organizan concursos para elegir al mejor Elvis.

Cada año, soportando el frío invernal, señoras de edad mediana preparan carteles, regalos y tortas para celebrar el cumpleaños de Sandro frente a su casa en el Gran Buenos Aires. Andrea, Martín y Laura adornan sus cuartos con pósteres de sus deportistas favoritos. Claudio, desde hace casi 15 años, preside uno de los varios clubes de fans de Gilda, y Beto le escribe poemas, esperando que, alguna vez, uno de ellos se transforme en canción. ¿Cómo se vuelven especiales algunos personajes, mientras que otros –con iguales o superiores aptitudes, belleza o talento– nunca llegan a brillar? ¿Qué los convierte en estrellas? ¿Qué ocurre con aquellos cuyas carreras persisten póstumamente, mientras otros son olvidados? ¿Se trata de cultos? ¿Son devociones populares? ¿Qué los hace seres extraordinarios?

Los seres extraordinarios son seres humanos o extra-humanos que poseen dones que los destacan y les permiten actuar de forma diferenciada y poderosa en el mundo.

Son los santos populares, las estrellas del arte o del deporte, los difuntos milagrosos, los curanderos, los bandidos, los seres mitológicos, como el Pombero en la Mesopotamia argentina, o el Saci-Pererê en Brasil. Al igual que los símbolos, su polisemia permite que sean apropiados desde diferentes lugares, imprimiéndoles significados a veces antagónicos. Al igual que los héroes, pueden representar los valores dominantes de una sociedad y, al mismo tiempo, aquellos que van a subvertirlos: como es el caso de Maradona, que pese a sus públicas infidelidades, sus hijos naturales, su decadencia física y sus recaídas en las drogas y los excesos, es también el proveedor masculino ejemplar que “no deja faltar nada” y siempre pone en primer lugar a su familia.

En este sentido, los seres extraordinarios parecen ser anteriores a toda moral, y participan de una textura diferente del mundo que es previa a la concepción cristiana que considera lo sagrado como lo infinitamente bueno, en contraposición a lo profano, entendido como la ausencia de Dios y, por lo tanto, el lugar del mal. Desde polos moralmente opuestos, Jararaca, el bandido sanguinario brasileño, que llegó al extremo de clavar con su cuchillo a un bebé por pura diversión, y el Padre Mario Pantaleo, cuyo don de cura le valió mayor reconocimiento que sus obras de caridad, son considerados seres extraordinarios a quienes se recurre en busca de ayuda y consuelo para resolver los problemas cotidianos.

Así, la moral dominante no se aplica a ellos del mismo modo o con el mismo peso que a los simples mortales: Michael Jackson, pese a las acusaciones de pedofilia y a los fracasos comerciales, continúa siendo una estrella para miles de fans alrededor del mundo. La transgresión y la liminalidad aparecen como sus características más distintivas. Pero más allá de sus poderes, su carisma o sus dones, en todos los casos, los seres extraordinarios requieren indefectiblemente de la mano humana para completarse.

Muertos especiales
Como a Gilda, a la cantante chicana Selena, asesinada en 1995 por la presidenta de su club de fans, le encienden velas, la visitan en el cementerio, le construyen altares virtuales. José visita a Gardel los días 24 de cada mes y, cuando necesita su ayuda, le prende un cigarrillo. La muerte de los seres idolatrados hace que se agreguen algunos gestos y cambien otros: muda el lugar de encuentro y de visita, ya no son más los shows o la puerta de la casa, sino el cementerio, donde muchos les agradecen y les piden el milagro de cada día.

La muerte vuelve a las estrellas disponibles para todos. En muchos casos, además, su ayuda es invocada para resolver los más variados problemas de la vida cotidiana. Pero, sobre todo, la muerte amplía la capacidad del fan, del devoto, del seguidor, de participar activamente y definir la imagen de la estrella fallecida.

La presencia de los muertos de forma intensa, activa y de modos variados en el mundo de los vivos –a través de sueños, apariciones, señales, ayudas varias– es un hecho que se reitera en distintas creencias de América Latina. Hay quienes responden con regalos, oraciones, compañía o encienden velas. Para esta cosmología, que el antropólogo brasileño Roberto DaMatta ha denominado relacional, el mundo “de arriba” y el mundo “de abajo” están interconectados y los intercambios son fluidos y permanentes.

La muerte trágica es uno de los eventos que puede inscribir a una persona en una textura de extraordinariedad y, llegado el caso, convertirla en santo popular: María Soledad Morales, la Difunta Correa, Gardel, Evita o el Che Guevara, entre muchos otros, encuentran en los relatos de la muerte injusta, cruel o inesperada el umbral de paso hacia el panteón popular.

Sin embargo, la muerte trágica no es la única capaz de otorgar excepcionalidad, de hacer de cualquier muerto un ser extraordinario. Existen artistas, deportistas y otros personajes que fueron ídolos durante su vida, que tuvieron fama, fortuna y cientos de admiradores, como el boxeador argentino Carlos Monzón o el cantor de tango uruguayo Julio Sosa, y que, pese a que también tuvieron un destino trágico, no se volvieron objeto de culto post mortem.

Así como es interminable la lista de artistas que nunca llegarán a ser estrellas, la de difuntos fallecidos trágicamente que no se convierten en santos populares es extensa. En este sentido, y dentro de los sistemas relacionales, la capacidad de obrar en el mundo de los vivos es una característica común que se atribuye a todos los muertos: solicitado con fervor, cualquiera que esté en el “mundo de arriba” podrá, si es su voluntad, actuar en el mundo, producir un “milagro”. Por lo tanto, la excepcionalidad se da por otros medios y por otros motivos.

Estampitas
Los seres extraordinarios suelen ser personificados, imitados o actuados, y para ello es necesario que sean reducidos a un número reconocible de cualidades. En la Argentina, Eva Perón es la imagen ejemplar para las mujeres que ocupan un espacio en la esfera pública. Gardel no sólo es representado por las estatuas vivas de los porteños de San Telmo, sino que los bailarines de tango de todo el mundo copian su peinado y su sonrisa como un ideal. Los devotos del Gauchito Gil se visten a su imagen y semejanza para las celebraciones anuales, en una combinación de ideal masculino y homenaje.

A su vez, se cuentan por decenas los imitadores de Roberto Carlos, Sandro o Madonna. En la imitación se reproduce, y a la vez se define, un número limitado de gestos, voces y ropas que cristaliza una determinada versión de la estrella. Sandro como gitano, Elvis con el traje blanco y ajustado al estilo de Las Vegas, Gilda con su vestido azul y su corona de flores, la Madonna sexy de los años ochenta, que a su vez homenajeaba a Marilyn Monroe, el rostro del Che Guevara inmortalizado como el guerrillero heroico en la foto de Alberto Korda.

Además, a veces con la ayuda del marketing, los ídolos –sobre todo las estrellas globales– pueden adaptarse a los contextos locales. Por ejemplo, para poder entrar al mercado latino y al asiático, las fotos de Elvis eran corregidas, o bien oscureciendo la piel, o bien rasgando los ojos, en un proceso de adaptación que recuerda a las advocaciones de la Virgen María, cuya imagen se regionaliza en cada rincón del planeta.

Mas allá del carisma
La atribución de carisma parece ser el motivo por el cual un artista se convierte en estrella o ídolo de multitudes. Independientemente del talento que, por momentos, queda en un segundo plano, o de la belleza física, que aparece subordinada a la sencillez y a la relación con el público, el carisma es descrito como la humanidad de alguien que, por sus características, podría elegir la distancia de quienes lo admiran, pero mantiene una performance de horizontalidad: su extraordinariedad se basa en ser alguien común.

Mostrarse con una apariencia, una personalidad o problemas corrientes no es desmerecedor, ya que justamente la combinación de lo excepcional con lo ordinario los hace diferentes. Asociada al carisma, la autenticidad es otra de las cualidades más mencionadas por los fans como características de su ídolo. Gilda, Maradona, La Mona Jiménez, así como Lady Diana o Bruce Springsteen, son considerados “auténticos”, por su sinceridad, la transparencia de sentimientos o la fidelidad a sus orígenes humildes.

Y esa autenticidad es interpretada a partir de valores a veces contrapuestos que se combinan armónicamente en una determinada definición del ídolo. Así, Selena es considerada un modelo de self-made woman (“blanqueada” para el mercado norteamericano), que no olvida a su familia y a su origen étnico al convertirse en una estrella millonaria.

Los seres extraordinarios, entonces, pueden ser destacados de su contexto social, étnico y estético de origen, y se vuelven disponibles, para ser apropiados y resignificados por sus seguidores y por el público en general. En esas apropiaciones, en la acción de una contraparte humana, adquieren forma, múltiples significados y, así, se completan.

La estrella necesita al fan; el santo o el difunto milagroso, al devoto; el curandero, al paciente. Sus existencias se constituyen mutuamente, pero no como extremos de una paradoja que resume un deseo universal de ser reconocido, ni como casos de un proceso más o menos homogéneo por el cual el mercado se realiza a partir del consumo de bienes culturales. La estrella o el santo popular sólo existen, respectivamente, en su relación con el fan o el devoto, porque hay una participación, una presencia a(fe)ctiva de estos últimos en la producción de Maradona, de Roberto Carlos, de Selena, de Gardel en cuanto tales.

Los seres extraordinarios sólo se realizan en las acciones humanas de seguir, alentar, rendir culto, acompañar, consumir, amar. De esta manera, lo extraordinario no es una característica intrínseca del ser en cuestión. Se trata de una propiedad que no es esencial, que existe y se construye con elementos que no permanecen, necesariamente, idénticos a sí mismos para siempre. Lo extraordinario no es algo dado, inamovible o universal, sino que está constituido por prácticas específicas que acontecen en espacios y tiempos determinados, y que requieren de la agencia de hombres y mujeres para completarse y perdurar.