
La ciudad de los ‘vivos’
Por: © DIEGO MARÍN CONTRERAS
Tomada de EL HERALDO
De acuerdo con las más recientes investigaciones de la antropología urbana —que se fundamentan en el desprestigiado método inductivo y la observación sistemática de los “sucesos consuetudinarios que acontecen en la rua”, es decir, de las cosas que pasan en la calle— Barranquilla, “procera e inmortal”, se volvió definitivamente la ciudad de los ‘vivos’. Y el comportamiento de estos últimos, en aras de no perder el carácter estrictamente descriptivo de nuestra tesis, con la cual optaremos al título de especialistas en ciudades en ruinas, exige así mismo que definamos con claridad metodológica la inefable conducta de los bobos. Procedamos, pues, sin mayores dilaciones conceptuales, paradigmáticas, interdisciplinarias, y otras palabrotas que los ‘vivos’ emplean cuando quieren parecer cultos, a definir por contrapunto estas dos formas extremas de ser barranquillero.
Los bobos aguardan, con civilizada paciencia, que el semáforo cambie a verde mientras, detrás de ellos, con elegante estilo urbano, los ‘vivos’ pitan, rugen, mientan madre y se desesperan como micos en jaula. Cuando uno ve una larga fila de vehículos esperando para pasar la escuadra por el lado derecho de la calle, debe tener la seguridad que no se trata del correcaminos, sino de una sumisa hilera de bobos. Porque, bip bip, por el lado izquierdo y a toda marcha vienen volando los ‘vivos’, tan livianos, tan frescos, tan lúcidos, que ni siquiera se percatan si con su actitud han provocado un accidente. Pero qué digo, si acaso se dan cuenta de seguro dirán: “eche, eso les pasa por bobos”.
Los que hacen fila en el banco, en la notaría, en el tránsito o en la casa de citas son los bobos, porque los ‘vivos’ siempre encuentran la manera más expedita de pasar antes que su propia sonrisa desafiante. Los bobos creen, tan ilusos ellos, que las aceras se hicieron para que los transeúntes caminen por ellas. Qué ocurrencia tan absurda pues, como muy bien saben los ‘vivos’, éstas son zonas de parqueo cuando no pistas de motocross. Por eso, con toda razón, el motociclista que va, cual Evel Knievel, por las aceras impunes se disgusta cuando una señora con niños se atraviesa en su camino. Le está dañando el espectáculo, caramba. Pero sigamos con nuestra descripción objetiva, basada en la más rigurosa observación.
Si arriban a un puesto público —ocasión excepcional, porque ahí sólo suelen llegar los ‘vivos’— los bobos lo hacen con el ingenuo propósito de cambiar la sociedad o mejorar la eficiencia del Estado. En cambio los ‘vivos’ lo único que quieren es cambiar de estrato, o de barrio, a veces hasta de identidad y de ancestros. “Tú eres bobo —te explican— si no robo yo roba otro”. Los bobos creen que, de alguna forma, todos somos responsables del estado actual de la ciudad.
Los vivos, en cambio, se liberan de la culpa gritando a los cuatro vientos: “son los políticos, llave, son los políticos”, aunque ellos mismos estén en campaña para la alcaldía, porque la viveza es así: esquizoide y sin ninguna conciencia. El bobo cree que él tiene que cambiar para que cambie la sociedad; el ‘vivo’ se sacude pensando: “esa vaina no es conmigo, cuadro”.
Los bobos saludan con amabilidad, ceden el puesto a las damas y ayudan a los ancianos a pasar la calle bajo la lluvia. Los ‘vivos’ administran celosamente los saludos: “¿y yo por qué voy a saludá a ese man que ni siquiera tiene billete?”, se preguntan con sofisticada filosofía. O acaso piensan: “¿y quién es esa vieja pa’ que yo le dé mi sitio? Ni buena está”. Además, cuando el aguacero desborda las calles, los ‘vivos’ encuentran un especial deleite en acelerar sus vehículos justo en el límite del bordillo para darle una merecida ducha al grupo de ciudadanos que espera el bus. Entre ellos, por supuesto, se celebran mutuamente su inimitable sentido del humor. En las oficinas públicas, mientras los bobos dicen “por favor” o “serías tan amable”, ante la muda indiferencia de quienes allí atienden, los ‘vivos’ pasan un billetito debajo de la mesa y el funcionario les contesta: “enseguida, doctor”.
Los bobos quieren ser buenos porque saben que no lo son, que nadie lo es. Sufren de conflictos de conciencia y les duele la espalda por el peso del estrés. Los ‘vivos’ tienen la conciencia lavadita, pulcra, impecable, pues jamás la han estrenado. Ser buenos les parece el colmo de la bobería, pero son expertos en parecerlo. Son tan ‘vivos’ que hacen trampa, pero parecen honestos; mienten, pero parecen veraces; son corruptos, pero parecen íntegros. Y a toda esa tramoya, además, le suelen llamar inteligencia. Así, cuando un ‘vivo’ dice de otro: “¡Qué inteligente es Fulano!”, quiere decir que es más ‘vivo’ que él.
Y en la Barranquilla de hoy ser más vivo que los demás se volvió un deporte ciudadano, que tiene más fanáticos que el Junior. Hay ‘vivos’ en todas las clases sociales, en todos los credos, en todas las razas, en todos los géneros y subgéneros..., hay hasta muertos ‘vivos’, lo cual ya es mucho decir. Hay ‘vivos’ orales y escritos, locales e importados, de frente y de perfil. En cambio los bobos son cada vez menos, lo cual, de acuerdo con las más recientes investigaciones sobre antropología urbana, dice exactamente cuál es el grado de desarrollo de la ciudad.
De algo estamos seguros: cada día habrá más ‘vivos’. Lo que no sabemos a ciencia cierta es hasta cuándo habrá ciudad.

